Nuclear




Guijarros aventados al estrépito mundano, la urbe como una polvareda, panorama otrora repleto de calzados y tajante edición del movimiento, en ojos mezquinos, apesadumbrados, expectantes cautivos, agotados por el humo artificial, la niebla y grima del hacinamiento y ambulante ganarse el pan de cada día, ahora hueca borrasca sin el alma de las risas, la angustia de los desesperados el llanto de los anónimos en cada esquinoso recoveco. La mañana se muestra confusa sin su habitual rostro de ir y venir, de llegar, arrastrar, transar, abrir puertas, gritar ofertas, rechazar cuerpos intrusos, extraños pedidos de limosna más ofertas, algún descanso y nuevas compras, tramites, timbres y llamados a comer, locales bullentes, siestas y de nuevo el ritmo alocado, ahora censurado abrupto aborto por quién sabe que inexplicable misterio, no hay mentes, no hay conciencias capaces de discernir y aplacar el silencio. El fotograma urbano es el mismo gélido erial en cada calco mundial, las calles abandonadas en un éxodo impuesto y todo es de pronto, sepultante y perentorio desierto. No mas inexpugnable frontera de pasos y rumiantes coches que aplacan el urgir de los seres, animados inanimados, Inanimados como reyes de los pensamientos, en las vitrinas sin testigos, en los magníficos anaqueles sin manos, dedos ausentes antes ávidos de coger los colores, marcas, sabores y aromas para depositar el rancio papel o gastado metal, divisas del goce privado, en las bolsas insaciables de terceros. La adquisitiva conquista, truncada, aquella que separa a hombres de vagabundos, mas ya no hay presentes en torno a los cuales discernir sobre esos temas y jerarquías de valores, sólo vagos guijarros rodando a la ventura en su tirantumbeado tonterenteado torrente de tirantes torintorreantes toron toran toron toran ton ton toton ton ton de metros que se suceden en un viento que gira sin centro, sin cabellos que golpear o rumores insípidos, murmurantes pedidos, proclamas discursivas, suplicantes confesiones y voces… es la voz del ultimo principio, la ausencia de palabras, de ojos juiciosos, enjuiciantes códigos y canciones, solo queda una tonada y retina, el gran ojo rojo en el cielo que con furia mira la extinción del absurdo mono y su jungla de acero. Reposando en mares de esqueletos, océanos de cuerpos luego del gran fuego, telón de sombras en las paredes, manchas de grasa como recuerdos, tímidos amigos de la mudez, asistimos in absentia al imperio del guijarro que sigue libre en su infinito rotatorio reconstruir del tiempo. Horas sin minutos, minutos sin segundos, ejes, manecillas, mecanismos que no marcarán mas el destino, el tirantumbeado torrente torintorreante del universo.



Autor: Daniel Rojas P

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