Miércoles, 19 Diciembre 2007

Bastardaje I



Formulas reptantes, hondan la vanidad del llanto, esa críptica necesidad del yo

y la alteridad crucificada,
desnuda,

arrastrada por los confines del abandono.

Son los huérfanos del alma, los porno-míseros que tienden su emoción,

al alba cristalina y enferma,
a la noche cerrada,

que pende de una sonrisa afable que todo el tiempo de todas las otras noches,

menos ambiguas y descorazonadas, le niegan

sin piedad.

Y como dios manda, tu dios: el fuego,

se prende el terrón infame de esta maldita cumbre de primates grandilocuentes.

Y la ardiente negación regresa,
sintoniza la desconfianza.

En nuestra maldad encarada, descansa un tango hipnotizado por su gloria ignota

y sabia tentación de pasajes bellos,

aún no han sido recorridos por los pies descalzos

y tallos mágicos
de la enredadera humana…

Por qué lloras madre, pregunto confundido

y luego corro,

corro entronizado por las callejuelas de mi desdicha

temiendo la respuesta.

Soy yo la desgracia y la poesía o sólo un refugio pasajero.

Soy yo la otredad que carcome tu vientre rutilante,

tu juventud desaforada que aguanta y vuelve al cauce de su inocente miedo…

Tan devastador es el reflejo, en verdad; saberse un sabedor.

Rata pensante, carcomida desde el rabo a la cabeza,

por la furia de los dientes y esas millones de interrogantes.

Este roer y saltar vallas,

se ha vuelto un maratón y cataclismo… Idas y venidas,

tantos cruces y circunvalaciones.

Soy entonces un narciso erostrato, un errado enamorado de su imagen al viento.

Odiando al mundo,
sin nada mejor que hacer

que pasar al recuerdo. Al inconsciente colectivo,

con el horror de mis arrebatos
y el tatuaje perenne.
Ese retorno constante y fallido
de mi violación a la cordura.
De mis remansos atávicos,
de mis desviaciones genuinas,
nace este canto infame,

esta impúdica salvación a mi propio utero

y la gesta de mi nacimiento nuevo, que se reconoce en la resurrección del error

y la palpitación del henchido mal.
Oculto en los numerosos
vacíos de una corriente desconectada,
drenan el raud odintel
a mi propia destrucción.

Las uñas largas, el cabello como un océano de relámpagos.

No despejan,

la polvareda ominosa de mi abrevadero…

Allí,
aquí,
acá,
allá,
destronado en la puerta del sol.
Desuso mis espasmos
y las variantes de la carcajada…
Tu desnudez empalma con mi vacilar

y mi blasfemia se materializa, en solipsismos de autoengaño y autoafirmación.

A quién engaño y afirmo,

si no es a mi mismo, a este íncubo fracasando,

en las aceras delicadas, del yacer en soledad…


Autor: Daniel Rojas P



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